Opinión: Clases sociales y naturaleza
Un mito que tiene apariencia de verdad, martillado en la conciencia de las masas y considerado por muchos como indiscutible (aunque el número de quienes lo creen no prueba su veracidad) es que “siempre ha habido pobres y ricos”. Si esto se considera premisa válida, nos veríamos obligados a aceptar que: si siempre han existido ricos y pobres, es decir, clases sociales, luego entonces, deberíamos admitir, lógicamente, que las clases sociales forman parte de la naturaleza humana, que acompañan al hombre desde sus orígenes mismos, casi como parte de su ADN. Algo así como: es natural que llueva de arriba para abajo y es de locos rechazarlo; es decir, no deben cuestionarse ni pretender erradicar las calamidades sociales “porque son naturales”. Así es el ser humano, dicen.
Esta tesis representa uno de los fundamentos de la filosofía burguesa que postula el carácter “natural” de los fenómenos sociales (Thomas Hobbes), por ejemplo, la propiedad privada, que en esta lógica “natural” habría existido desde que el hombre, al menos el Homo sapiens, apareció sobre la faz de la tierra. Otros, como los representantes del llamado Darwinismo social (Herbert Spencer), sostienen que, así como en los animales se impone implacable la lucha por la existencia y la selección natural, igual ocurre en las relaciones humanas. Por ejemplo, aquello de que “el pez más grande se come al chico”, expresión que se pretende hacer pasar por obvia y “natural” en la vida social, animalizando las relaciones sociales y descartando todo rastro de solidaridad entre los seres humanos, que entre ellos son solo competidores y enemigos. Quienes así predican olvidan que la sociedad y el movimiento social representan un nivel superior de organización de la materia por encima de la naturaleza; se rigen por leyes diferentes, y no puede explicarse la sociedad extrapolando a ella las leyes naturales.
Sobre la falsedad del origen “natural” de los fenómenos sociales, la historia nos ilustra. Según los especialistas, el Homo sapiens (nuestra especie) surgió hace más de 200 mil años, y durante la mayor parte de su existencia vivió en comunidad primitiva, en sociedades de iguales; así lo comprobó Lewis Henry Morgan en su obra La sociedad primitiva, que proporcionó valiosa evidencia empírica reinterpretada luego en una forma superior por Federico Engels en El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado.
Así pues, luego de miles y miles de años, y después de la revolución neolítica que hizo al hombre sedentario, y donde surgieron las primeras aldeas, la agricultura, la ganadería y la alfarería; mucho después, alrededor de 4 mil años antes de nuestra era, inició el incipiente proceso de división de la sociedad en clases, en pobres y ricos, en su primera forma histórica: el esclavismo. Considerando toda la historia, hace relativamente poco tiempo. En Occidente el proceso se gestó en Mesopotamia y luego en Egipto, donde florecieron las grandes civilizaciones fluviales.
De modo que las clases sociales no son un fenómeno natural, consustancial al género humano, sino histórico, esto es, surgieron en un determinado momento del proceso de desarrollo social, cuando aparecieron las circunstancias que las hicieron no solo posibles, sino necesarias e inevitables; concretamente, cuando el desarrollo de las fuerzas productivas permitió la aparición del excedente, el producto del trabajo que queda después de que los productores y sus familias han satisfecho, aunque sea precariamente, sus necesidades fundamentales, un excedente que puede ser apropiado por ciertas personas prominentes dentro de una comunidad antes igualitaria.
Surgieron, pues, las clases sociales, y la inevitable lucha entre ellas, y apareció necesariamente el Estado que, en su esencia, aunque se pretenda ocultarlo tras la envoltura de sus funciones administrativas, es un aparato de sometimiento de las clases oprimidas por aquella que detenta el poder económico. Y a la par que el Estado surgió la política, la lucha entre clases por el control de ese aparato de dominación. Y aquí viene otro mito: que el Estado tiene como misión garantizar la armonía y proteger los intereses de toda la sociedad por igual; con esa explicación se pretende ocultar con una cortina de humo su esencia verdadera.
Pero en las ciencias sociales, atrás de las teorías existen intereses de clase, explícitos u ocultos. Y en el caso que nos ocupa, ¿a quién conviene la idea del carácter natural y ahistórico de las clases sociales y el Estado? Beneficia a los ricos, pues así inoculan en los desposeídos la resignación al papel que les ha tocado “en suerte”, esto es, que nacieron para pobres y no hay escapatoria, ni vale la pena intentarlo; quedan así desarmados ideológicamente y su voluntad se paraliza. Nadie, ni por asomo, debe atreverse siquiera a pensar que puede haber en el futuro una sociedad sin pobres ni ricos, y mucho menos a luchar por ella. Una auténtica trampa ideológica.
Todos estos perniciosos mitos deben ser arrancados de la conciencia popular. En lugar de ellos, la ciencia aconseja abordar los fenómenos sociales en su desarrollo, atravesando con regularidad etapas históricas predecibles, sujetos a leyes que los determinan, y no a caprichos individuales. Debe entenderse, pues, que los fenómenos sociales surgen, se desarrollan y perecen, para dar lugar a otros nuevos. Muerte y nacimiento en un solo instante.
Así lo enseñaron los maestros de la dialéctica, Heráclito, Hegel (pese a su fundamento idealista) y en su forma superior, Marx, quien concebía los acontecimientos sociales como históricamente determinados. Esta filosofía enfrenta a las corrientes del pensamiento enunciadas al principio. Vale la pena recordar aquí el profundo pensamiento de que “todo lo que existe merece perecer”. Por cierto, se dice que esta expresión fue primeramente escrita por Goethe en Fausto y dicha allí por Mefistófeles; Hegel y Marx se refirieron a ella, aunque con diferente significado.
En conclusión, podemos inferir que la sociedad dividida en clases, dado que no siempre existió y que surgió en cierto momento de la historia, tendrá que desaparecer en un futuro; por tanto, no es una locura luchar por terminar con ella; por el contrario, es lo más sensato, pues esto va en línea con el curso de la historia. No hay imperios eternos.
Texcoco, México, a 11 de febrero de 2026