En defensa de la UNAM

En defensa de la UNAM

La férrea defensa del presidente Andrés Manuel López Obrador por el caso del plagio de la tesis de licenciatura de la ministra Yasmín Esquivel puso en evidencia otro de los intereses del presidente: hacerse del control de la UNAM. En algunos casos, López Obrador logró que los órganos autónomos estén a su servicio, el más evidente es la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH), con Rosario Piedra Ibarra, o su desaparición, como el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE).

El presidente buscó culpar a la máxima casa de estudios por definir la validez o no del título de la ministra. Antes, atizó a que la universidad definiera si hubo o no plagió, y tras el dictamen final, en el que concluyó que, si existió plagio, incrementaron los ataques, tanto al rector Enrique Graue, como a la propia universidad.

Como era de esperarse, el presidente López Obrador criticó a la UNAM. Es aquí donde se comienza a desenmascarar el objetivo lúgubre que esconde el tabasqueño.

En cuatro años de gobierno a nadie le queda duda que a como dé lugar, el morenista busca manejar todo lo que sea autónomo con el fin de preservar el poder. En ese contexto entra la UNAM.

La reciente provocación no es nueva ni mucho menos será la única. AMLO ha estado detrás de la máxima casa de estudios desde años atrás golpe tras golpe. Al inicio de la pandemia, la universidad –según el presidente- decidió “mandar a sus casas a los estudiantes de medicina”, declaración que desmintió la UNAM al asegurar que fueron en los hospitales públicos donde se tomó la medida de suspender las actividades de los pasantes e internos.

Luego cuestionó el lema de la universidad diciendo que era “conservador” y que su alma mater se había derechizado, culpó a las autoridades de la universidad por disentir la forma de su gobierno.  

Pero como en otros momentos y como característica, al presidente una vez más se le olvida que en 2018 esa clase a la que representa mayoritariamente la UNAM, o sea la clase media, estudiantes, académicos, el mismo sindicato, lo llevaron al poder. Apoyo que el presidente ha menospreciado y que ha sido correspondido por la misma comunidad universitaria con una gran decepción.

Y es que no olvidemos que justo a esa clase aspiracionista, el mismo presidente ha declarado estar en contra. Para él no hay puntos medios: o eres rico o eres pobre. Y en esta balanza él también ha asegurado que es mejor “ser pobre pero honrado”. Todo lo que huela a progreso debe ser eliminado.

Pero ahí está uno de sus errores. Despreciar a esa clase, de la que ya en otros escritos hemos hablado, seguirá trayendo sus consecuencias. Pues encuestas realizadas dan cuenta  que en 2018 alrededor del 48 por ciento de la población que tiene formación universitaria votó por él, panorama que cambió en 2021 durante el proceso electoral intermedio, pues la cifra bajo a 33 por ciento de ese mismo nivel educativo. Una caída significativa.

Atacar a la clase que forma parte de la UNAM es un total desatino, pero más todavía el querer someter a como dé lugar este órgano autónomo que bien o mal ha ido abriendo los ojos ante una realidad que dista mucho de lo que ellos esperaban. 

Las provocaciones presidenciales esconden ese lúgubre propósito: apoderarse de la UNAM en el contexto del cambio de rector en diciembre de este año en donde por supuesto el gobierno morenista no perderá oportunidad de intervenir.

El punto aquí será ¿la universidad logrará evadir la trampa presidencial y afrontar con cuadros políticos urgentes que defiendan la autonomía?